El coprolito

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Tungka, era el chamán de la tribu de los Gombu. El jefe le pidió que pusiese lo mejor de él en conseguir una buena temporada de caza, y Tungka comenzó a trabajar en los ritos que usaría. Al final, pensando en el concepto “sacar lo mejor que tengo dentro” se fue a la colina sagrada y se cagó en lo alto de la misma. Con un palito grabó en el truño las mejores runas que conocía, implorando a los dioses una buena temporada de caza. La mierda se seco, el tiempo paso y el conjuro funcionó. La temporada fue la mejor que habían conocido los Gombu.

El éxito le proporcionó respeto en la tribu y no tardó en acudir a Tungka a pedirle nuevos deseos. Mañanas soleadas, frutas más sabrosas, guerreros poderosos, fueron solo los primeros encargos que comenzó a recibir Tungka. Y el procedimiento fue siempre el mismo: Tungka se subía a la colina sagrada y se cagaba sobre las mierdas anteriores; escribía sus runas en un palito y esperaba que se aplicase su efecto. Y le funcionaba. La montaña de mierda crecía esplendorosa en la colina sagrada.

La colina sagrada iba alojando un montón de mierda cada vez mayor. Las partes más antiguas, las que se correspondían con las primeras cagadas fueron sometidas a una gran presión y no tardaron en fosilizarse: se había creado el coprolito.


Poco a poco la tribu de los Gombu fue prosperando gracias Tungka y el fabuloso trabajo que realizaba. Tribus vecinas, viendo como properaban los Gombu, se animaron a rendir pleitesía a sus jefes, y se vislumbró el nacimiento de una nueva civilización. Ya no eran un puñado de cazadores, sino que comenzaba a ser una estructura de miles de personas y en crecimiento. Y cada vez eran más las peticiones a Tungka, cada vez eran más diversas. Hasta el día que al jefe le cambió el paladar y quiso manzanas ácidas. Tungka subió, cago, grabó sus runas y volvió al poblado. Al día siguiente el jefe volvió enfadado. Es cierto que las manzanas eran un poco más ácidas, pero seguían siendo dulces. Entonces Tungka recordó que hace tiempo le pidieron fruta dulce y allí estaba una cagada suya provocando eso. Tungka tenía que resolverlo, así que subió a la colina sagrada y metió las manos en la mierda. Tuvo suerte porque recordaba aquel día, la forma del mojón que dejó y donde lo puso. Así que no tardo en encontrarlo, tras apartar un par de cagarros. Borró las runas y solucionó el problema, temporalmente. A los dos días, las quejas llegaron, porque los melocotones habían dejado de ser tan dulces. Así que Tungka tuvo que estar cagando y borrando runas hasta que consiguió que cada fruta tuviese el sabor que se quería.

Esta complicación de mierda, combinada con el aumento de población hizo que Tungka no diese a basto. Y comenzó a coger aprendices.


Los aprendices aprendieron de Tungka y sus runas escatológicas. Todas las mañanas, uno o dos chamanes subían a la colina y aportaban su mierdecilla al montón. El montón creció muy rápidamente, y los grandes problemas no comenzaron en aparecer. Los nuevos chamanes no eran Tungka, y no se sabían de memoria las runas que había, y donde estaban. Así que cuando les pedían cambiar algo, casi tardaban mas tiempo revolviendo mierda de años anteriores que en aportar la suya al montón. Muchas veces simplemente añadían mierda para conjuros que ya estaban en marcha. Y otras, causaban desastres considerables al añadir un conjuro que combinado con los poderosos y antiguos conjuros de Tungka, producía resultados inesperados. Memorables fueron las inundaciones que provocó un joven chaman al añadir una mierda que hacía llover a diario, que combinada con una de las primeras de Tungka que multiplicaba el agua de las lluvias, y la de otro compañero que impedía que el agua se filtrase por la tierra, causaron una gran tromba de agua que se quedaba estancada.

Un buen día se llenaron todas las ciudades del imperio de ranas peludas. Y los chamanes tardaron una semana en encontrar el motivo ya que cuando pasó, cuatro chamanes habían añadido sus caquitas y habían retirado antiguas, haciendo muy complicado saber quién había hecho mal su conjuro.


Los problemas crecían y no había día en el que no pasase algo raro. Todos amanecían rubios (lo cual es signo de mal augurio entre los Gombu), los lagos se secaban, la sal sabía dulce, … cada día una nueva grata sorpresa. Y el rey de los Gombu (ya no era un simple jefe) decidió meter cartas en el asunto.

Había gente que decía que todo funcionaba mejor con Tungka sólo, y que sólo el debería poder ir a cagar al coprolito. Así que el rey pidió a los chamanes que hiciesen sus caquitas con runas fuera de la colina sagrada. Tungka las revisaría y las subiría él mismo a la colina, si eran dignas de estar allí.

Por otro lado, y dado el miedo que existía a añadir nuevas cagadas a la montaña, sólo se permitió hacerlas durante la luna nueva. Así las gentes de Gombu sólo tendrían sorpresas un día al mes.

Y por último, se decidió describir en la biblioteca del reino Gombu todo el montón de mierda. Cada mierda, con su runa y el objetivo que persigue, documentada. Por supuesto documentar semejante montón de mierda era inviable y cualquier parecido con la realidad era pura coincidencia. Ni siquiera lo nuevo se documentaba bien.

El coprolito, que tanta ayuda les había dado en años anteriores estaba siendo cada vez un problema más grande.


Los años no pasaban en balde para Tungka, que ya estaba muy mayor. El miedo recorría las venas de los otros chamanes. ¿Qué harían con ese montón de mierda de más de 5 metros de altura? ¡Nadie sabía lo que había dentro, en las capas más profundas!

Un joven y prometedor chamán propuso al Rey y a Tungka otra manera de hacer las cosas: Organizar la mierda en montoncitos, en vez de en una gran montaña. La primera reacción de Tungka fue de espanto. Hacer un conjuro era complicado, y una de las grandes ventajas del coprolito es que ya tenía varios conjuros funcionando que ayudaban y hacían gran parte del trabajo para nuevas runas. Si querías mejorar un cultivo, había que hacer conjuros a los dioses de la tierra, de las plantas, del agua y del sol. Todos esos conjuros ya estaban en el montón de mierda, y el chamán podía usarlos. Pero si se hacían montoncitos, habría que replicarlos de nuevo. Haría falta mucha más mierda.

El joven insistió y el Rey decidió confiar en él. Así crearon su primer mini-montón de mierda. Cerca del coprolito. Costó trabajo, pero el joven chamán y sus compañeros estaban encantados. Había poca mierda en ese montón y era fácil de controlar. Todos sus problemas habían desaparecido.

Así que vista la buena experiencia, comenzaron a crear nuevos montoncitos. La colina, que seguía coronada por el gran coprolito, no tardó en llenarse de montoncitos de mierda. Y llegaron nuevos problemas.


Por un lado, no era fácil deshacer el montón de mierda que durante años había ido creciendo. Mucho conjuro funcionando en ese montón y que pocos se atrevían a meter mano.

Por otro lado, apareció otro problema más grave. Es cierto que ahora si te fijabas en un montoncito, todo era más claro. Pero cuando comenzaron a tener decenas de montoncitos, el descontrol volvió a gobernar. Cada grupito de chamanes tenía sus montoncitos. Pero cuando miraban los montoncitos de mierda de los otros, no eran capaces de entenderlo. El estilo de las runas era diferente. La disposición de los cagarros también. Y comenzaron los mismos problemas de antes, pero con montoncitos. Montoncitos que hacen lo mismo. Montoncitos que comienzan a interactuar entre ellos de formas que no se imaginan.

Una vez, un buey pasó por la colina y se cagó, creando otro montoncito. Los chamanes ni se dieron cuenta, y aunque ese montón no sirviese para nada, allí le dedicaron su espacio, y cada semana alguien iba a limpiarlo de polvo.

Pero quizás el problema más grande era que los montoncitos crecían y podían tocar con los vecinos. Había que moverlos y mover esos montones de mierda era muy costoso.


La solución a ese problema la encontró otro prometedor chamán: Docukte. Docukte diseñó unos cajoncitos de madera en los que se podían poner los montoncitos de mierda. Ahora se podían mover fácilmente de un sitio a otro. Y lo mejor de todo es que toda esa mierda con runas que todo montoncito debía tener se podía poner al lado de un cajón y sería utilizada por los vecinos. De hecho se podía poner varios de esos cajones, con lo que se ahorraba un buen montón de mierda.


Y así pasaron los años, con nuevos problemas y nuevas promesas que inventaban grandes avances. Kuberinetu, Kafuka y otros lograron maneras de organizar y facilitar la vida a los chamanes, que ya tenían montones de hectáreas plagadas de montoncitos de mierda en sus cajoncitos de madera.


Y aunque el trabajo sigue, la visita a las colinas sagradas sigue siendo obligada. Montoncitos de mierda hasta donde alcanza la vista, y coronándolo todo en lo alto de la gran colina, el coprolito que nadie ha conseguido quitar.

Sobre el autor

Jose M. Huerta

Jose es Gestor de Proyectos y Gestor de Servicios en Mallorca. Es Ingeniero de Telecomunicaciones y obtuvo el Master of Advanced Studies durante su etapa como investigador. Pero no tardó en abandonar ese mundo y meterse de cabeza en el mundo de las Tecnologías de la Información. Está certificado como ITIL Expert. Tiene amplia experiencia en gestión de servicios, clásica e integrada con desarrollo, gestión de proyectos, usando metodologías clásicas y ágiles, gestión de programas y portfolios, gestión de grandes grupos de personas, localizadas y off-shore, sin dejar de perder de vista el lado técnico y freak del sector. Ha trabajado en varias empresas del sector con distintos roles en áreas tanto de gestión de servicios de soporte como de equipos de desarrollo. Actualmente trabaja en WebBeds, como responsable del equipo de operaciones TI.

7 comments

  1. Oscar 7 enero, 2019 at 14:25 Responder

    Hola de nuevo. Aquí tu fan. Feliz año nuevo.

    Te propongo un objetivo para este año 2019. Con las enseñanzas de los “post de mierda”, crea un relato como el que acabas de soltar. Tocando todos los palos ya vistos, además. Lo imprimes, lo encuadernas, y a vivir. Algunos disfrutaríamos más que leyendo a Harry Potter, por ejemplo.

    Un saludo.

  2. Pere 7 enero, 2019 at 19:33 Responder

    Brutal!! Jajaja cuanta mierda!
    Hay buenas herramientas UML para gestionar y consultar toda esta mierda. Desde mi punto de vista es la única salida a la gestión del software a largo plazo, generar lo máximo posible de forma automática, y poder explotar toda esta información con consultas y otras técnicas.
    Intenté lanzar un producto para paliar estos males, pero me quedé en una versión inicial. Es un cambio de paradigma que todavía no entendemos.

  3. Juanky 11 enero, 2019 at 08:10 Responder

    Qué habilidad para describir de esta forma tan gráfico-divertida un problema muy real que existe en casi todas las organizaciones más o menos grandes. ¡Enhorabuena Sr.!

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